25 de mayo de 2007

El policía bueno ya no está entre nosotros

Todas las mañanas desde hace ocho años vengo a trabajar al diario El Nacional. Varias veces al día debo pasar por la entrada principal. Los compañeros que resguardan las instalaciones suelen cambiar tan rápido como el humor, así que sus rostros suelen desvanecerse por los agujeros de mi memoria. Alguna vez escuché a un viejo amigo tirarle el teléfono a una señora que llamaba insistentemente a su extensión preguntándole por un conocido suyo. "Señora", le gritó entonces, "El Nacional tiene más de 1.000 empleados y le juro que no puedo reconocer, ni identificar por su nombre a cada uno de ellos".
Dudo que alguien de El Nacional no sepa quién es Martín Curvelo. Martín era uno de esos tipos que no respondía al arquetipo del funcionario de seguridad. No era, pues, malencarado y gruñón. Alguna vez dudé de sus antecedentes porque jamás lo vi devolver de mala gana a los empleados que no llevaban el carnet. Con una paciencia de madre recordaba la obligación de portarlo en un sitio visible. Martín solía saludarte cuando no te veía ocupado, pero si intuía que tu día no era el mejor sabía mantenerse a distancia.
Al principio me sorprendió su insólita amabilidad, pero luego entendí que era un rasgo constitutivo de su personalidad. Con los años decidí inscribirme en un equipo de futbolito y me tocó enfrentarlo en muchas ocasiones. Varias veces lo vi llegar sobre la hora, amanecido, y correr como si hubiera dormido toda la noche. Era muy rápido Muchas veces tuve que pegarle para que no se escapara con el balón.
Lo vi poco durante los últimos meses. La empresa le encargó la coordinación de la seguridad de la nueva sede de Los Cortijos. Esa circunstancia había postergado una invitación que pensaba hacerle. Quería tomarme una cerveza con él. Muchas veces, en el frenesí del periodismo, desconocemos qué hay detrás del rostro de la persona que nos recibe cada mañana.
El domingo 20 de mayo Martín estaba visitando a una amiga lejos de Caracas, en la vía hacia el oriente de Venezuela, cuando llegaron tres malandros. Buscaban a un hombre que vivía en esa casa. Martín trató de mediar en la situación, pero recibió un tiro en la pierna como respuesta. Yo hubiera deseado que en ese momento Martín se hubiera convertido en el fiero guardia que no fue. Malherido, desangrándose en el suelo de la vivienda que lo recibía, vio por última vez la cara de sus verdugos, que regresaron alertados por los insultos de su amiga. Uno de ellos tiró del gatillo hasta asegurarse de que callaría para siempre. Me dicen que le dieron siete o tal vez nueve tiros, pero eso poco importa. Duele saber que nunca lo volveré a ver

Chávez, Fidel y los europeos

Leo una noticia asombrosa en el portal de El Nacional: un médico cubano "predice" que Fidel Castro vivirá 140 años. El cara dura este se llama Eugenio Selman, tiene 77 años y dice que con sólo proponérselo las personas pueden alcanzar la longevidad. Atención a los enfermos terminales: si están al borde de la muerte es porque ustedes no se han propuesto vivir con mucha fuerza.
El mundo está lleno de jalabolas. Si no, pregúntenselo a Ignacio Ramonet, un experto en eso de columpiarse en el escroto del dictador cubano. Después de escribir el libro sobre la vida de Fidel ha insistido en su cruzada por justificar lo injustificable. La otra vez apareció en La Habana para hablar sobre la libertad de expresión ¡en Estados Unidos!. Sí señor, como usted está leyendo. Ninguna referencia a los periodistas presos por pensar distinto del jefe supremo. Ningún guiño a aquellos que pasarán el resto de sus vidas pudriéndose en una cárcel porque el régimen cree que son agentes secretos del imperialismo. Ya quisiera ver al cagatintas de Ramonet calándose a diario los arrebatos de Chávez o Fidel. Es muy chévere ser castrochavista viviendo en Europa.

10 de marzo de 2007

Teoría y práctica de Moisés Naim


La gente de mi generación vinculó a Moisés Naím con la ostentosa decadencia del gobierno de Carlos Andrés Pérez. Tener a Moisés entre los afectos era como añorar el estilacho adeco. Tardamos demasiados años en darnos cuenta de la valía de este venezolano universal. Los chavistas no le perdonan que haya formado parte del equipo del IESA que trató de ayudar a Pérez en su política económica en 1989. Encanra el Consenso de Washington, tan denostado por Hugo Chávez. Su ceguera es de tal magnitud que no he escuchado a ninguno de ellos mencionar el meridiano valor de su libro Ilícito.

Se ha escrito demasiado sobre Ilícito y creo que todo lo que se ha dicho está a la altura de la grandeza de este libro. Lejos de agregar una idea a las ya ventiladas me parece que hay que empezar a cotejar los planteamientos de Naim con la realidad. Hoy leí en el blog de mi amigo Sergio Dahbar (gentequenecesitaterapia.blogspot.com) una nota que no tiene desperdicio. Sergio colgó una entrevista del diario O'Globo al jefe de la banda Primer Comando de la Capital, "Marcola", cuyos hombres dejaron una estela de muertes durante 2006. Lo curioso de todo esto es que "Marcola" está preso, pero, como alguna vez pasó con Pablo Escobar Gaviria, los dedos de su maldad tocan demasiados hombros fuera de la prisión.

Atención con esta declaración de principios: "Soy una señal de estos tiempos. Yo era pobre e invisible. Ustedes nunca me miraron durante décadas y antiguamente era fácil resolver el problema de la miseria. El diagnostico era obvio:migración rural, desnivel de renta, pocas villas miseria, discretas periferias; la solución nunca aparecía... ¿Qué hicieron? Nada. ¿El Gobierno Federal alguna vez reservó algún presupuesto para nosotros? Nosotros sólo éramos noticia en los derrumbes de las villas en las montañas o en la música romántica sobre "la belleza de esas montañas al amanecer", esas cosas... Ahora estamos ricos con la multinacional de la droga. Y ustedes se están muriendo de miedo. Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia social ¿Vio? Yo soy culto. Leo al Dante en la prisión".

Miren esta otra: "Ustedes son el estado quebrado, dominado por incompetentes. Nosotros tenemos métodos ágiles de gestión.Ustedes son lentos, burocráticos. Nosotros luchamos en terreno propio. Ustedes, en tierra extraña. Nosotros no tememos a la muerte.Ustedes mueren de miedo. Nosotros estamos bien armados. Ustedes tienen calibre 38 (...) Nosotros somos ayudados por la población de las villas miseria, por miedo o por amor. Ustedes son odiados. Ustedes son regionales, provincianos. Nuestras armas y productos vienen de afuera, somos "globales". Nosotros no nos olvidamos de ustedes, son nuestros "clientes". Ustedes nos olvidan cuando pasa el susto de la violencia que provocamos".

La lectura del libro de Naim nos deja perplejos y abismados, pero evidencia que la transnacionales de lo ilícito han creado un nuevo tejido social. Un ellos y un nosotros forjado en años de indiferencia. Para salir del hoyo en el que se encontraba, "Marcola" se sirve del floreciente mercado de lo ilícito, cuyo estallido comenzó con la caída de la cortina de hierro en la Europa del este. A la desfachatez de "Marcola" le va muy bien el término "agujeros negros", acuñado por Moisés Naim para denominar a las regiones sin ley dentro de un país. Lo más sombrío es que en los próximos años estos tipos serán ya un lugar común. Que nadie diga que no se lo adviertieron.

17 de enero de 2007

El rey está loco y el presidente desesperado


El País de Madrid publicó una nota de color que debe ser un material de consulta obligado para los estudiantes de periodismo. Un Elvis Presley arrebatado se presentó una noche a la entrada de la Casa Blanca para solicitar una entrevista con el entonces presidente Richard Nixon. Aunque al principio lo marearon, horas después el mandatario aceptó, acaso porque su imagen se tambaleaba. Como ahora en Irak, Washington se negaba a reconocer su fracaso en Vietnam. Era un golpe de efecto para aplacar la ira de las madres de los veteranos y de los chicos que comenzaban a cuestionar los afanes imperialistas de su país.

¿Qué era lo que quería Elvis en esa rocambolesca reunión? ¿Apoyo para una serie de conciertos? ¿Una aparición como artista invitado en los coros de una de sus canciones? Nada de eso. El Rey sólo quería que le dieran una chapa de agente del FBI y regalarle al mandatario una pistola. Nixon lo complació. Después se burlan de los países bananeros como Venezuela, que suelen entregar carnet de la Disip al primer bigotón con camioneta que se las pide.


"Dénme una placa de agente federal"


Javier del Pino

Washington


Preocupado por una sociedad en declive, una juventud torcida por las drogas y un país amenazado por el comunismo y por la tensión racial que generaban los negros al demandar igualdad de derechos, Elvis Presley entregó al presidente Richard Nixon un regalo que simbolizaba a la perfección su espíritu pacificador y sus deseos de trabajar en aras de la reconciliación social: una pistola. El Colt 45, las siete balas de plata que tenía en el cargador y, sobre todo, los informes internos de la Casa Blanca en el que es posiblemente el día más pintoresco de su historia forman parte de una exposición sobre el encuentro presidencial más improbable, incómodo y esperpéntico que tuvo Nixon durante su mandato: su reunión secreta con el Rey del Rock.

Richard Nixon y Elvis Presley compartían obsesiones políticas del mismo signo y estaban sumidos, por razones bien distintas, en un declive personal que debía ser turbador para temperamentos tan egocéntricos como los suyos. Nixon se enfrentaba en Vietnam a la posibilidad de ser, según su expresión, "el primer presidente de Estados Unidos que pierde una guerra", y Elvis trataba de entender todavía por qué su notoriedad había sido arrasada por cuatro ingleses mal vestidos y su dichosa beatlemanía.

Había, sin embargo, una gran diferencia entre ellos: Nixon era el más habilidoso de los maquinadores, un animal político depredador e inmisericorde; Elvis, en cambio, carecía de los sentidos del tacto y la mesura, confiaba en cualquier individuo y se movía en la dirección que le marcaban sus propios impulsos. Era, en definitiva, simple y caprichoso.

Un día se encaprichó con tener en su solapa una chapa de agente federal de lucha antidroga. Aquel 21 de diciembre de 1970, Elvis se plantó en Washington.

A las 9.30, los agentes del Servicio Secreto asignados a la puerta principal de la Casa Blanca vieron que se aproximaba a la verja un grupo de individuos con aspecto voluminoso. Con su corpulencia escondían a un sujeto cuya identidad era inmediatamente reconocible. Elvis quería ver al presidente de Estados Unidos. En un derroche de formalidad, Elvis entregó a los agentes una carta personal dirigida a Richard Nixon. Los agentes llamaron a la oficina del presidente para preguntar cuál era el procedimiento adecuado cuando el artista más famoso del país pedía que le abrieran la puerta.

"Que ha llegado el Rey", le dijeron por teléfono a Bud Krogh, consejero presidencial y asesor de Nixon. Krogh miró la agenda del día y dijo: "Pero si hoy no esperamos a ningún monarca...". "No, no. El Rey del Rock. Está aquí en la puerta", le aclararon.

Krogh decidió reunirse con Elvis primero porque era su obligación y segundo porque era un fan incondicional de su música. Elvis le entregó la carta para Nixon. Krogh le dijo que aquella visita les pillaba de sopetón y que, por favor, tuviera a bien regresar al hotel. Que ya le llamarían a lo largo del día. Y Elvis se marchó.

Esa carta y los informes cruzados a lo largo de las dos horas siguientes forman parte del último paquete de documentos desclasificados sobre lo que ocurrió en el edificio presidencial aquella mañana frenética y absurda.

La carta de Elvis es un ejercicio de expresión política que se mueve entre lo infantil, lo simple y lo bochornoso. Redactada con la mejor de las intenciones y la peor de las formas, las cinco páginas estaban escritas a mano con renglones torcidos y tachaduras en papel con membrete de American Airlines. En la nota, que tenía la solemnidad de una tesis doctoral y el aspecto y la gramática de una chapuza de parvulario, Elvis Presley expone su admiración por Nixon y su preocupación por el creciente uso de las drogas entre los jóvenes, por el avance de la cultura hippy, la ideología izquierdista de los estudiantes demócratas, el comunismo y los movimientos de defensa de los derechos para los negros. Desde su posición y con su influencia entre los jóvenes "puedo ayudar a este país al que amo", le dice a Nixon, pero para eso necesita su ansiada chapa de agente federal. Le da el teléfono de su hotel y le dice que, si finalmente se reúnen, tiene un regalo para él.

En las dos horas siguientes, los asesores de Nixon encontraron en la oferta un atractivo político indiscutible para un presidente odiado especialmente entre los jóvenes. A pesar de que algún consejero escribió en los informes "Esto tiene que ser una broma", a las 12.30 Elvis Presley entró en el Despacho Oval.

Allí estaba Nixon, con su traje gris oscuro. Y allí entró Elvis, con pantalones ajustados de terciopelo morado, camisa blanca de seda con cuello de pico inmenso por encima de un chaleco corto que dejaba ver el cinturón con su gigantesca hebilla dorada. Y una capa. Las gafas eran de cristal tintado, con una montura de plata tan gruesa que cabían las letras "EP" escritas con brillantes.

Atusadas las patillas y listo en su traje de faena, dicen que Elvis se quedó helado cuando piso el despacho oval, como si hubiera entrado en un lugar mitológico. Los informes que conservan los Archivos Nacionales dicen que el artista habló de la mala influencia de los Beatles, que habían ganado tanto dinero en Estados Unidos para luego volverse a Inglaterra y criticar este país. Habló de cómo él podía influir en los jóvenes en contra de las drogas pero para eso, le dijo, necesitaba la chapa de Agente Federal. Nixon aceptó -no le quedaba más remedio- y le dieron una chapa improvisada dos horas después. Un fotógrafo oficial inmortalizó el encuentro y retrató a la perfección la incomodidad de Nixon y la extravagancia de Elvis. A petición del artista, la reunión se mantuvo en secreto hasta que el Washington Post destapó el encuentro un año después.

Cuenta la leyenda que Elvis estaba "colocado" por su adicción a las pastillas durante aquella reunión en la que arremetió contra las drogas. El Colt 45 se lo entregó a un asistente porque las armas están prohibidas en el Despacho Oval. Los trajes, los documentos, las cartas y la pistola forman parte de la exposición abierta hace unos días en la Biblioteca Presidencial Richard Nixon en California. Entró con pantalones ajustados de terciopelo morado y el cinturón con su hebilla dorada. Le entregó un regalo que expresaba su espíritu pacificador: una pistola

1 de diciembre de 2006

Un perfil de Manuel Rosales

Este mes la revista Gatopardo publica una semblanza que escribí sobre Manuel Rosales, el candidato de la unidad nacional. Aqui cuelgo un adelanto de la nota. A quienes les interese vayan y compren la revista

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El candidato sin sonrisa
Alfredo Meza

En el estudio de Aló, Ciudadano, que tal vez sea el programa político más visto de la televisión venezolana, los productores corren espoleados por la voz grave de su animador, Leopoldo Castillo. No es una tarde cualquiera la de este miércoles de fines de septiembre, porque Castillo, que suele manejar cada emisión con puño de hierro, no quiere dejar nada a los malabarismos del azar. Esa noche, además, Venevisión, el canal de la competencia propiedad del magnate Gustavo Cisneros, tiene a la misma hora como invitado al candidato Hugo Chávez, cuya visita provocó un verdadero caos. El personal de la Casa Militar prohibió la entrada a la sala de prensa y los reporteros tuvieron la tarde libre.
Manuel Rosales, el invitado de esta noche de Leopoldo Castillo, también recibe un trato de jefe de Estado. Mientras espero que autoricen mi entrada al canal, dos hombres corpulentos, que llevan el pelo al cepillo y visten de traje negro, conversan con los guardias de la garita para que no pongan mayores obstáculos a la llegada del candidato presidencial. Uno de ellos toma el radio portátil e informa a la persona que le atiende que no deberá cumplir las presentaciones de rigor en la puerta. La camioneta que transporta a Rosales pasa a mi lado. El hombre que antes hablaba por la radio trota detrás del vehículo hasta el lugar donde baja el candidato.
Rosales entra al estudio, un galpón pequeño con paneles de fórmica pulida como paredes, acompañado por sus asistentes, Fiorella y Ángela. Otros dos fortachones, estos con chamarra negra, custodian la puerta. Castillo y el resto de panel brindan su mejor sonrisa para recibir al invitado. Rosales, educado y cortés como el que más, no parece, sin embargo, especialmente entusiasmado, y su semblante no se modifica ante las manifestaciones de afecto. No es un producto prefabricado, como aquellos candidatos que sonríen automáticamente hasta cuando abren la nevera en la madrugada y la luz baña el rostro soñoliento. A Rosales le cuesta reírse y ya lo veremos dentro de un rato, cuando Castillo, cuyo programa recibe las llamadas del público, permita que los participantes interroguen a la persona que tiene más opciones de disputarle a Chávez la presidencia de Venezuela el próximo 3 de diciembre.
ROSALES canaliza la última esperanza de buena parte de la oposición venezolana, del sector que cree que la vía electoral sigue siendo la única manera de ganarle a Chávez...

Los años del miedo

Yo no me engaño: Hugo Chávez será reelegido el domingo 3 de diciembre por los próximos seis años, por ahora. Cabe esperar que luego de consumada su victoria hará todas las gestiones, válidas o no, para reformar la Constitución de su República Bolivariana y reelegirse ad infinitum. Puesto a escoger entre la enorme brecha que vaticina Datanálisis y las encuestas amañadas del gordito de CECA Víctor Manuel García -el payaso ese que el 12 de abril se atribuyó el rol de director de orquesta del golpe de estado del día anterior en el programa de Napoleón Bravo- me quedo con las descorazonadoras predicciones de Luis Vicente León.
De modo pues que ya me estoy preparando para lo que viene. No creo, sin embargo, que el socialismo sustituya al esnobismo venezolano. Quien todavía crea en las inefables opiniones que pronostican la instauración del castrocomunismo lo invito a leer la edición de hoy de The Wall Street Journal que viene encartada en El Nacional. Allí quedan muy bien retratadas las contradicciones entre las palabras y los hechos. La utopía socialista de Chávez parte con desventaja respecto a un auge capitalista sin parangón en el continente. El whisky de 18 años está en boga, los hummer y todoterrenos último modelo surcan las autopistas del estrecho valle de Caracas.
No seremos una dictadura formal, pero caminamos por un precipicio. Nos espera una autocracia brutal en la que los boliburgueses y los afectos del caudillo serán los beneficiados. Aquel que disienta en público del comandante no será bienvenido en cualquiera de las dependencias del Estado. Marcel Granier y Alberto Federico Ravell también tienen sus días contados como propietarios y directivos de medios de comunicación, a juzgar por la respuesta que le dio Chávez a Carlos Croes anoche en una larga entrevista. Croes, a quien se le salió el oficio, arrinconó al Presidente como pocas veces en estos ocho años. Disertaba el jefe del Estado sobre la conveniencia de que los canales de televisión no sean enemigos del Gobierno. "Y no están en su derecho", lo atajó el veterano periodista. "Entonces yo también estoy en mi derecho de renovarle o no la concesión".
"La eternidad por fin comienza un lunes", escribió el gran poeta cubano Eliseo Diego en un poema memorable. El lunes comienzan los años del miedo.

23 de octubre de 2006

Erna también quiso morir

La revista mexicana Emeequis - una envidiable mezcla de independencia, periodismo narrativo e investigación- publica en su edición de esta semana el escalofriante relato de Erna Wutrich, una suiza de 72 años que no deseaba morir. Luego de leer el relato de la periodista Ana Gabriela Rojas, quien presenció la muerte asistida, entendí que los casos de Inmaculada y Ramón Sampedro no son extravagancias. Este es el comienzo de la nota, que está disponible en la página de internet de la publicación que dirige Ignacio Rodríguez Reyna (www.eme-equis.com.mx)
LA PUERTA Estaba abierta. Ella quería morir y nosotros veníamos a ayudarla.
Era un mediodía de verano de este 2006, soleado y alegre. “Perfecto para irse”, dijo con una sonrisa. Erna Wütrich, una suiza de 72 años, deseaba morir. Ya había intentado quitarse la vida antes. No una, sino dos ocasiones, había ingerido una barbaridad de pastillas.
Pero en ambos intentos había fallado y su temor más grande se había hecho realidad: despertar, viva, en un hospital. La rodeaban personas vestidas con batas blancas que manipulaban su cuerpo para mantenerlo en marcha, aunque ella estaba convencida de que su existencia ya no tenía sentido. “Ya estoy muerta por dentro”, aseguró en varias ocasiones. Había llegado a esa conclusión hacía unos siete meses, cuando llevó a su perro al veterinario para que le aplicaran una inyección letal. “Mi perro estaba enfermo, sufría mucho y yo no podía verlo así”, argumentó en la conversación que tuvimos.
Alguien más cercano a Erna me confesó que su san bernardo en realidad estaba sano y que ella, al verse incapaz de sacarlo a pasear regularmente, prefirió que muriera. El caso es que, a partir de ese momento, la idea de acabar con su propia existencia no salió ya de su cabeza. Así vinieron los dos intentos fallidos de suicidio.
Por eso, porque no quería que la tercera también fracasara, tomó sus precauciones. Pidió ayuda para morir.
Esta vez la asistiría la gente de Exit, una de las dos organizaciones que se dedican al “suicidio asistido” en Suiza. El Código Penal de este país especifica que será castigado “quien anime a alguien a suicidarse o le asista por motivos egoístas”. Por el contrario, ayudar a bien morir por altruismo no es condenable.
Por ello, Erna Wütrich debió cumplir con varios “trámites” para evitar que su muerte no se confundiera con asesinato o eutanasia: firmó un documento en el que manifestaba su voluntad, comprobó que estaba en pleno uso de sus facultades mentales y se llevó por sí sola el veneno a la boca. En todo este proceso la acompañó uno de los voluntarios de la organización. Yo también estuve presente.
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La obsesión por el tema de la muerte me había llevado hasta ahí. Quería saber qué lleva a una persona a decidir quitarse la vida y cómo reunía el valor para hacerlo.
Entré en contacto con Exit y les solicité que me contactaran con una persona que fuera a tomar “la decisión que acaba de tajo con todas las posibilidades”, como define el suicidio un filósofo español. Cuando platiqué con Erna Wütrich, le pedí que me explicara sus motivos, que me permitiera tratar de entenderla. Ella aceptó, con la condición de que fuera su testigo.
Aparte del voluntario que le proporciona el veneno al suicida para que éste lo tome, otra persona debe certificar que en todo momento actuó por su voluntad. En la mayoría de los casos, este testigo es un familiar cercano, pero Erna quería hacerlo sin que su hija se enterara. No quería que su intento se frustrara. La normas de Exit lo dicen claramente: la última palabra siempre la tiene el paciente, así que todo se hizo a espaldas de Dora, su hija.