5 de mayo de 2008

La canción nunca pudo redimirlo

I
El pasado nunca dejó en paz a Carlos Rafael Fernández Griza, mejor conocido como Carlos Ezequiel o “Kraken”. El cantante del grupo de hip hop Santos Negros, que está asentado en la caraqueña barriada de Pinto Salinas, fue asesinado el pasado 20 de abril en la madrugada en el parque Los Caobos. Asistía junto a Rodrigo Javier Ibarra, alias el colombiano, a la celebración de la Semana de Caracas. Distintos tipos de música se escuchaban en las tarimas dispuestas por la Alcaldía Mayor en la arbolada extensión antes de que empezaran los tiros. A Ibarra también lo alcanzó la desgracia y falleció en el tiroteo.
Las primeras informaciones sobre el asesinato de “Carlos Ezequiel” daban cuenta de un horror conocido en las grandes bailantas de Caracas: llegan unos tipos empistolados, se abren paso entre la multitud y llenan de balazos al enemigo. Así ocurrió en el concierto del DJ Carl Cox en 2007. El guión se repitió esta vez, con la diferencia que una de las víctimas era representante de la emergente movida del Hip Hop en Venezuela, una subcultura que cada día tiene más adeptos en las zonas pobres del país. Tal vez por eso el crimen llamó más la atención.
En Estados Unidos los raperos dirimen a plomo sus diferencias. Está el caso de Tupac Shakur, un cantante de la costa este de Estados Unidos masacrado a disparos en Las Vegas en 1997. Aunque ese caso jamás fue aclarado por la policía, el periodismo supone que ese crimen se vincula con disputas relacionadas con la violenta naturaleza de esa subcultura. Los cantantes de la costa oeste estadounidense son enemigos de sus compatriotas de la costa este. Los raperos, además, suelen vejarse mutuamente con sus líricas. Shakur dijo en una canción que se había acostado con la mujer de The Notorius BIG. En el idioma del Hip Hop estadounidense cualquier ofensa semejante puede costar la vida.
No es el caso de Venezuela. “Aquí los grupos exponen sus rivalidades a través de las letras”, reconoce el productor musical Juan Carlos Echandía. “Aquí los raperos no se matan entre sí”, completa Piky, del núcleo endógeno cultural Tiuna El Fuerte. Aún no han importado esa futilidad.

II
La vida de algunos raperos suele estar vinculada al delito, pero muchas veces sucede, como ocurrió con Budú y Nigga, los famosos cantantes de la banda venezolana Tres Dueños, que al alcanzar la fama se convierten en hombres de bien. Nunca abandonan, eso sí, la estética pendenciera y malandra, porque es una marca que individualiza al exponente del Hip Hop. “Carlos Ezequiel” hizo varios intentos de integrarse a la sociedad, pero nunca dejó de ser un delincuente.
Eso piensa la subdelegación Simón Rodríguez del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas, que está investigando el caso. La policía ha determinado que “Carlos Ezequiel” compartía su oficio como cantante con el tráfico de estupefacientes en la zona de los bloques de Pinto Salinas. Tenía un pacto de no agresión con la banda enemiga de Los Capri. También estaba solicitado por varias averiguaciones relacionadas con homicidios ocurridos hace dos y tres años. Hasta ahora se ha confirmado que participó en el asesinato de dos miembros de la familia del pelotero Jackson Mijares, que juega en la organización de los Mellizos de Minnesota. La policía estima que le sacaba provecho a la comercialización de drogas.
“Antes de ser rapero, “Carlos Ezequiel” tuvo su pasado de delincuente. Y lo que le pasó a él es una lección para los niños. El malandreo no es un juego. El que a hierro mata, a hierro termina”, afirmó alias “Piki”, coordinador del Núcleo Endógeno Cultural Tiuna El Fuerte”.

III
El envés de esta historia, no obstante, lo presenta como un hombre que pretendía evadir la tentación del delito a través de la música. A mediados de la década de los noventa, “Carlos Ezequiel” formó parte de un grupo de hip hop llamado Quinto Elemento. Vivía entonces, como sus compañeros de canto, en pobreza extrema y el poco dinero que podía devengar como artista no alcanzaba para vivir. “En el barrio era y es difícil sobrevivir. La necesidad lo obligó a delinquir”, afirmó un viejo amigo que prefiere omitir su identidad.
De esa banda también formaba parte Eliud José Suárez Tovar, alias “El Eliud”, con fama de criminal alevoso. A mediados de 2007, Eliud fue asesinado. De acuerdo con registros del Cicpc, había participado en 18 homicidios.
Como toda agrupación musical, Quinto Elemento tampoco escapó a los azares de la convivencia. Hacia 1997 la banda se separó por irreconciliables diferencias entre sus cinco miembros. “Eliud”, “Carlos Ezequiel” y “Harold”, tres de los cantantes, se olvidaron las música y prosiguieron la senda del delito. Según registros del Cicpc, antes de morir “Eliud” había participado en 23 homicidios.
En 2004 “Carlos Ezequiel” volvió a hacer música. Se unió con alias “El Karma” y fundaron la banda Santos Negros, gracias al estímulo de otros representantes de la cultura Hip Hop de Pinto Salinas. Y entonces sí vino una fama doméstica. Grabó un tema con alias “Requesón”, del grupo Guerrilla Seca y fungió de protagonista principal en un video artesanal colgado en la página You Tube. “Carlos Ezequiel” era moreno, muy moreno, y aparecía en la grabación vestido con una franela negra y una gorra. En su mano derecha enseñaba a la cámara una enorme pistola de cacha plateada. La canción, llamada Ultimátum, dice así: Pa’ los bocones / Pa’ los Chiguires / Tanto que hablan / no tienen chiste / Agarren buche / comemos chicle / matamos con un alto calibre.
“En Venezuela los exponentes del Hip Hop hablan de la pobreza y la muerte. Cada rapero que quiere erigirse como una leyenda dice que va a quebrar a sus enemigos. Ese es parte del discurso, pero también implica otras cosas: está, por ejemplo, la disputa entre quienes han alcanzado la fama y aquellos que aún siguen sumidos en el anonimato Yo creo que la búsqueda del hip hop, que es una música de liberación, debería encaminarse hacia algo constructivo”, reflexionó el productor musical Juan Carlos Echandía.
De manera que “Carlos Ezequiel” no sólo era conocido por sus actividades delictivas. Frente al bloque 3, donde vive alias “El Karma”, todos prefieren recordarlo como un cantante. Los vecinos hacen silencio sobre su muerte. Sólo “Piki”, el coordinador del colectivo Tiuna el Fuerte, un núcleo de desarrollo endógeno con sede en El Valle que apoyó la carrera de Santos Negros, lo evoca a cara destapada en esta hora luctuosa. “Yo lo conocí cuando estábamos haciendo un documental sobre el arte como herramienta de participación social. ‘Carlos Ezequiel’ tenía talento. Lo entusiasmamos para que siguiera cantando”.
El año pasado Tiuna El Fuerte organizó un evento en la peligrosa calle Capri donde se presentaron esta y otras bandas. El colectivo proporcionó sonido, tarima y mercadeó el evento. Los vecinos cocinaron sancochos para los asistentes. “Santos Negros era uno de los grupos más famosos de Pinto Salinas. Tenían invitaciones para Colombia y Brasil”, dice alias Piki. Esos planes quedaron sepultados, como el cadáver de “Carlos Ezequiel”.

10 de octubre de 2007

Las razones de un chavista

Voy a compartir con ustedes una derrota. Mejor dicho, compartiré con ustedes una certeza: pasarán muchos años antes de que Hugo Chávez deje el poder por las buenas. Desde hace unos días esa frase no me abandona. Cuando quiero dejarla atrás me toca el hombro y se materializa, como el más abominable de los espectros. Lo presentía al ver las encuestas en torno al liderazgo del Presidente y las inconsistencias de la oposición, llena de gente que cree que lo que nos pasa es una pesadilla. Pero desde hace unos días, decía, tengo la íntima convicción de que este gobierno va para largo.
Ocurrió en la bomba que está al lado del Concresa y frente al viejo centro comercial La Pirámide. Hay sitios que nunca mueren y La Pirámide parece ser uno de ellos. Cuando era pequeño iba por allí a cortarme el pelo en una barbería de niños. Al filo de los dieciocho saqué por primera vez mi certificado médico en un local con puertas de vidrio forradas en papel lustrillo. De resto no sé por qué sobrevive a la apertura de nuevos centros comerciales. La Pirámide es más bien feo, con una distribución que nunca he sabido entender. Debe ser que, pese a la escasez, el Central Madeirense que está allí todavía salva la vida de los vecinos.
El tipo que me abordó en la estación de servicio ubicada frente al centro comercial tenía una sonrisa radiante. El eterno cuento de siempre: "usted es el que sale en Aló Ciudadano los domingos", y yo, "sí, señor, a la orden", y él "dime una cosa, pana mío, es verdad que ustedes sólo pasan aquellas llamadas de la gente de la oposición", y yo, esbozando mi sonrisa de pasta dental, "no filtramos llamadas, pero el operador de audio está pendiente de cualquier palabrota que se le escape a un oyente".
Traté de llenar el tiempo con explicaciones técnicas mientras el bombero completaba el aire de las llantas. Estaba apurado y la puta lluvia que ahora caía no me permitiría avanzar más rápido por la Autopista del Este, que desde mi emplazamiento parecía el estacionamiento del Sambil en diciembre. Le dije al hombre que bajo ningún concepto permitiría insultos contra el presidente Hugo Chávez o alguno de mis compañeras del panel. El discurso fluía rápido como una caída de agua natural hasta que dije:
-Que quede claro que no quiero a Hugo Chávez.
-¿Y por qué no lo quiere? ¿Dime una cosa mala que haya hecho? -me retó el hombre.
-Me molesta de Chávez su autoritarismo, la intolerancia y que quiera hacer de Venezuela la tierra de los que piensan igual que él...
-Y eso qué importa -me atajó el hombre. Yo soy de San Sebastián de los Reyes, al sur de Aragua, y allí mi comandante mandó a construir un centro de salud más grande que el que había. Ahora hay mercaditos populares donde uno puede comprar. Es que los adecos y los copeyanos se olvidaron de la gente pobre, compadre.
-No niego ciertos logros del Gobierno con los programas asistenciales (misiones) y ciertas medidas que favorecen a la clase media. Pero Chávez siente un desprecio olímpico por las normas y los procedimientos -razoné con ese tono de analista político sorprendido por la tenaz resistencia de mi interlocutor.
-Aquí hay que acabar con la burocracia. Si el pueblo está contento al carajo los procedimientos.
Dos bomberos de la estación de servicio nos habían rodeado. Parecían estar en el ring side de un ensogado invisible. Todos asentían cuando mi interlocutor exponía sus argumentos. Traté de ensayar otra explicación, pero ninguno de ellos me quería escuchar. Cada uno completaba la frase del otro.
Me aparté del grupo con la seguridad de que la reforma se aprobará sin mayores trámites dentro de dos meses. Pensé entonces que aquel viejo eslogan de la campaña presidencial de 1983 -¡Jaime es como tu!- le va muy bien al chavista de a pie. ¡Hugo es como tú!. Lo que queda en evidencia, una vez más, es el corpus de preocupaciones de dos clases sociales. Mientras yo detesto a Chávez por razones más bien espirituales, él lo quiere porque le resolvió la vida. No le interesa que haya hipotecado al país. No le interesa que el precio del dólar se aproxime a la cima del Everest (dentro de pronto alcanzará la cota de los 8.800, como el pico más alto del mundo).
El bombero no había terminado de llenar de aire los cauchos de mi carro y aún le faltaba aspirar las alfombras. Dejé a esos tipos celebrando su íntima victoria. Crucé la avenida para cobrar un cheque en una oficina de la torre contigua al Centro Comercial La Pirámide. En la antesala me encontré a Tarek William Saab. Intercambiamos saludos y dándome una palmada en el hombro me dijo:
-Poeta, la oposición no nos gana en diciembre.
-Hoy es diciembre -le contesté.

7 de septiembre de 2007

Epaminondas Pérez

-Se llama Yotana
-¿Y esa vaina? -preguntó José, intrigado- ¿Tiene algo que ver con algún antepasado indígena?.
-Nada que ver. Siempre pensé que si tenía un varón le pondría Otan, por la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Pero como me nació una hembrita decidí ponerle Yotana. Es la misma cosa pero para la mujer.
Las veces que he contado esa anécdota -se la debo a mi amigo José Urriola- nadie quiere creérmela. Se ríen cinco minutos a mandíbula batiente, pero una vez que se calman me dan una palmadita por la espalda y me dicen mentiroso. En una ocasión recordé a Yotana en una cena en casa de una amiga argentina en Buenos Aires. Sus incrédulos viejos tampoco paraban de reir. La cena no me alcanzó para referirme a los nombres con que bautizan a los maracuchos.
Juro que eso es cierto, a menos que mi amigo José, que tiene una imaginación prodigiosa, la haya inventado en una noche de insomnio. Por fortuna una novia de la época lo refrendaba con una seriedad de tesis doctoral. Desde entonces, los nombres extraños de los niños venezolanos son parte de una secreta obsesión. Libreta en mano, ando a la caza de las evidencias como los detectives de las novelas de Hammet.
Ahora que el gobierno pretende limitar la creatividad de los padres a la hora de bautizar a sus hijos he vuelto a revisar la vieja libreta. Ahi tengo apuntado el nombre de Maikel Jordan Chacón. Era el hijo del motorizado que trabajaba en un canal donde alguna vez presté mis servicios. Y también tengo el de Diego Armando Maradona Aguero, el de Paolo Rossi Aguero y el de Ivanistelroy (un horrible homenaje que el cuñado de Juan Arango le hizo al goleador holandés del Real Madrid). ¡Ah, y cómo olvidar a Epaminondas!. Al principio pensaba que era el nombre científico de un reptil descubierto en la selva húmeda del sur de Venezuela. Hace dos días se lo pregunté a un diseñador amigo, que solía reirse conmigo cada vez que apelaba a mi libreta a la hora del almuerzo. Me dijo que Epaminondas Pérez era un tipo que él había conocido en Maracaibo hace muchos años. "Yo no podía parar de reir mientras le estrechaba la mano", recordó.
No me da verguenza confesarlo: el proyecto de ley de registro civil -que pretende regular los nombres extravagantes, cuya pronunciación en español sea imposible, o que expongan al ridículo a los niños- es la iniciativa más sensata que ha tenido el gobierno de Hugo Chávez. Por una vez en la vida aplaudo al proceso bolivariano. Me parece una exageración limitar el registro a una lista de sólo 100 nombres, pero por algo hay que empezar. Ya está bueno de que los Joineker, Yesaidu, Usnavy, Espaiderman o Anli (ojo, no confundir con el genial director de cine chino, porque en realidad es la mezcla de los nombres de Andres, su papá, y Lidis, su mamá) tengan que soportar toda una vida de joda.

31 de julio de 2007

El rito de iniciación intelectual


Hubiera querido escribir una nota como las que esta mañana aparecen en la pantalla del ordenador, pero mis conocimientos sobre la obra de Ingmar Bergman me dejarían en ridículo. He preferido, por tanto, colgar una nota de La Nación, de Buenos Aires, que ahonda en la contribución de este genio al cine.

Al enterarme de la noticia de su muerte me vino a la mente un instante feliz dentro de las salas oscuras. Fue el día en que vi por vez primera Fanny and Alexander (1982). Ocurrió, creo, en una retrospectiva que organizó la Cinemateca Nacional a mediados de los noventa. Andaba yo entonces con la idea de saldar lo más rápido posible los baches culturales que mi provinciana formación me legaron. Y ver a Bergman era todo un rito de iniciación intelectual. Comprenderlo era acaso una forma de supremacía sobre el espectador convencional.

Cuando culminó la proyección entendí que después de toda historia de amor siempre sobreviene la tragedia. Años después vi Unfaithful una hermosa pélícula dirigida por Liv Ullman, una de sus esposas, que es un homenaje al talento desmedido de este creador que hoy no está entre nosotros. De la sala salí con la certeza de cuán vulnerable a las pasiones somos los seres humanos Y todo esto lo sentí no porque Bergman, o Ullman, lo hubiera dicho a través de las voces de sus actores, sino en virtud de una puesta en escena minimalista, en la que están de más los artificios de la palabra. Vaya legado el que nos deja. Nadie como él para expresarlo todo con la mirada y los gestos.

Y aquí, finalmente, la nota:


Escenas de la vida de un genio

No sabremos si la muerte habrá tenido para él, como la imaginó más de una vez, el empolvado rostro de un payaso: aquel de mirada obscena y risa maliciosa que acosaba a Carl, el pobre tío inventor entre cuyos papeles encontró la inspiración para En presencia de un payaso (1997), o aquel otro, blanco y sin secretos, que conversaba mientras jugaba al ajedrez en El séptimo sello y había sido –como él mismo admitió– “el primer paso en la victoriosa lucha contra el miedo a la muerte”. La obra de Ingmar Bergman, al fin, conformó una única y dilatada película que era como un eco de su propia vida y sus propias angustias, un interminable interrogante sobre el sentido de la existencia, la muerte, el amor y la fe. Y también sobre la fascinación irresistible de la ficción, del arte como la tabla de salvación a la cual aferrarse como al espejismo que distrae y consuela y quizás hace posible elevarse cuando la muerte asedia y la única sensación que se percibe es la del hundimiento.

La ficción del cine o la del teatro –por donde empezó su trayectoria impar– eran su modo de combatir el caos, de organizar el desorden. En ese afán, este gran inquisidor del alma humana puso cada vez más sus propias experiencias bajo el microscopio en una progresiva profundización de los grandes temas existenciales. Así, hizo del cine un espacio para la meditación filosófica y echó luz sobre la tragedia de la condición humana. No extraña que él solo ocupe uno de los capítulos más trascendentales de la historia del arte contemporáneo: su obra impuso al mundo una nueva forma de aproximarse al fenómeno cinematográfico.

Sobre Ingmar Bergman se ha escrito todo, o casi todo. Se ha escudriñado en su biografía en busca de señales que explicaran el secreto de su genio; se lo interrogó –la mayor parte de las veces, en vano– esperando recibir, encerrados en los estrechos límites de las palabras, los sentimientos e intuiciones del mundo y de los hombres que él fue atrapando y traduciendo en imágenes durante casi toda una vida; se le destinaron los elogios más justos y los más ampulosos; sus películas, sus piezas teatrales, sus declaraciones periodísticas, sus puestas en escena, sus libros fueron desmenuzados hasta el descuartizamiento. Poco puede añadirse en estas pocas líneas de despedida.

Habrá que repetir que ninguno de los grandes temas de la existencia le fue ajeno: de la vulnerabilidad del ser humano y su incapacidad para alcanzar los propios objetivos a las inestabilidades de la relación amorosa, del desasosiego y el temor ante el silencio de Dios a la soledad del individuo y la hipocresía que suele contaminar la relación con el prójimo. Y habrá que recordar datos sustanciales de su biografía: su nacimiento en Upsala, en 1918; su condición de hijo de un severo pastor luterano cuyo rígido código moral no admitía contravención alguna; su descubrimiento de las marionetas, origen de su fascinación por el teatro y en general por todo el arte de la representación; el famoso episodio doméstico de la Navidad de 1928, cuando un canje de regalos con su hermano mayor Dag le puso en las manos por primera vez un proyector de cine; sus primeras experiencias de espectador. También las primeras manifestaciones de esos demonios interiores que colmaron su infancia de pesadillas y arranques irracionales y que serían el antecedente de tantos desarreglos físicos y psíquicos padecidos en la vida adulta.

De estos demonios, de aquella fascinación y de la férrea disciplina paterna, que lo llevó a la rebelión pero también marcó su modo de afrontar cada responsabilidad, se alimentó su obra, una única y extensa película que Bergman fue cincelando laboriosamente al tiempo que ganaba reconocimiento prácticamente unánime como gran artista -para muchos, el más grande- del cine contemporáneo.


El alquimista

Curiosa alquimia la que dio como resultado la sólida construcción bergmaniana. Los conflictos vividos en carne propia, la desesperada búsqueda de Dios, el miedo a la muerte, los duelos, los sinsabores afectivos le dieron el material para imaginar otras vidas más intensas que la real. La rigurosa disciplina que lo maltrató en la infancia le sirvió para controlar el tumulto interior y devolverlo transfigurado en emociones artísticas. Y el territorio donde pudo dar rienda suelta a su desolación, su escepticismo o su fe fue el de la fantasía, aquel mundo poético que había conocido llevado por las marionetas y que lo pondría después cara a cara con los films de Victor Sjöstrom y los dramas de August Strindberg.

Entró en el cine como guionista de Alf Sjöberg y Gustav Molander antes de debutar como director con Crisis (1945). A esa primera serie de films en los que desfilan, nada casualmente, padres y profesores autoritarios, castigos, soledades y humillaciones pertenecen Prisión , La sed , Hacia la felicidad , Juventud, divino tesoro . Aquí, Un verano con Mónica fue, en 1953, su primer gran éxito. Su nombre ya empezaba a ser tan familiar como las audacias del cine sueco. (Fue en una muestra realizada en 1952 en Punta del Este donde el cineasta ganó su primer reconocimiento internacional.)

Después, la crisis se tornó metafísica y se tradujo en obras admirables: El séptimo sello , La fuente de la doncella , Cuando huye el día , Detrás de un vidrio oscuro , El silencio .

Otro tema fue el artista, la máscara, la mentira - Noche de circo , El rito , Persona- ; otro más, el universo femenino - Secretos de mujeres , Tres almas desnudas , Gritos y susurros- . Imposible reseñar una obra tan vasta, tan compleja y tan rica como ésta, que va de la travesura escéptica de Sonrisas de una noche de verano a la sabia reconciliación con la vida de Fanny y Alexander y al formidable ciclo sobre la vida en pareja que cerró en su obra final: Saraband .

Esos títulos son la mejor prueba de la grandeza de su autor, un creador genial que hasta tuvo conciencia, autocrítica y valor para decidir el momento de su silencio. Son también testimonio de su triunfo final sobre la muerte y el olvido. Seguirán siéndolo.


Fernando López
La Nación


PD: acabo de enterarme de la muerte de Michelangelo Antonioni. Tenía 94 años. Se va otro grande

27 de junio de 2007

Pesó demasiado la obligación de ganar


Termina el partido y el marcador refleja un empate a 2. Creo que jugamos uno de los peores partidos de la era de Richard Páez. Vera no llegaba a una pelota, Juan Arango se me pareció demasiado al de las tardes intrascendentes en el Mallorca y los laterales jamás volvieron a tiempo para los cierres. De hecho, la jugada que termina en el autogol de Cichero nace porque nadie cubrió a tiempo la galopada de Héctor González por el lateral derecho. Jaime Moreno corrió 30 metros y nadie lo detuvo. Primera bofetada para los bocones que decían que Venezuela estaba en un grupo fácil.

Justo es decir, sin embargo, que el árbitro Mauricio Reinoso se comió un penalti sobre la hora que le cometieron a Jorge Rojas. Vi varias veces la repetición de la jugada y aprecié el contacto de la rodilla del defensa boliviano con el muslo del "Zurdo". El posible gol hubiera sido una injusticia con Bolivia, pero a veces el marcador final de los partidos no refleja lo que ocurrió en la cancha.

La selección obtuvo buenos resultados desde 2001 porque no estábamos obligados a nada. No teníamos la presión de demostrar que había que clasificar a un mundial. Sólo bastaba cuajar buenas actuaciones y saber administrar las victorias parciales que de vez en cuando conseguíamos en casa. La eliminatoria a Alemania 2006 permitió saldar esa deuda que teníamos con nosotros mismos. ¿Quién recuerda el empate de Chile sobre la hora en Barinas? ¿Cómo olvidar el partido igualado con Colombia después de ir ganado por 2 a 0? Dejamos demasiados puntos en el camino.

Veo a la selección superada por el compromiso de trascender a la segunda fase. Es la primera vez que a Venezuela se le exige algo. No es un futuro auspicioso el que viene. Ahora toca Perú, cuyo tridente no perdonará, como sí lo hizo Bolivia. Ojalá todo cambie.

21 de junio de 2007

90 minutos para saber quiénes somos


Miré al piso después de culminar la primera etapa del partido. Recordé entonces los viejos tiempos: las goleadas de escándalo, la banderita arrugada, las lagrimas surcando los acantilados de los pómulos a la salida del estadio. Anoche viajé diez o quince años al pasado. No sé cuántas veces hice el trayecto, pero supongo que fueron tantas como las oportunidades que vi el resultado en el generador de caracteres de la transmisión de televisión: Venezuela 1 - Euskadi 4.
Hay cosas que me preocupan de la selección de Venezuela que se prepara para la Copa América. Ese exceso de triunfalismo -que los jugadores niegan, pero que es evidente a la vista-, la desfachatez de Richard Páez al querer jugar con un solo mediocentro y con dos laterales que más bien son extremos, el miedo de jugadores profesionales que no soportan los gritos de 40.000 personas. No respaldo a quienes piensan que los rivales que nos tocaron en el sorteo -Bolivia, Peru y Uruguay- son más accesibles que los otros países. Salvando la presencia de Brasil y Argentina, que pertenecen a otra galaxia futbolística, a nosotros nos cuesta mucho con cualquiera.
En el premundial pasado Bolivia nos ganaba hasta el minuto 89, cuando Rey, de tiro libre, y Arango, con un zurdazo de leyenda, remontaron la cuesta. Nada hace presagiar que esta vez será distinto. Nuestros jugadores, salvo por dos o tres posiciones, son los mismos de aquella vez. Perú tiene a tres delanteros que juegan en los mejores equipos de Europa y Uruguay no está en manos del mismo bocazas del 0 -3 en el Centenario. Yo prefiero ser más cauto. No pasaremos en el primer lugar del grupo y sí tal vez de segundos o incluso de terceros. Este país tiene ahora muy buenos estadios, pero su estructura futbolística es la misma de siempre.
Nos queda rezarle a los jugadores silvestres que produce este fútbol, a los Juan Arango, César González o Giancarlo Maldonado para que durante la Copa América tengan tres noches inolvidables. Porque si los tres partidos que nos corresponde jugar en la primera ronda de la Copa América son como los del primer tiempo de anoche podemos irnos despidiendo. Ayer entendí que el fútbol venezolano, como la marea, está alta o baja. Nunca se sabe cómo viene la mano.






13 de junio de 2007

Frida Kahlo pret a porter



Todas las feministas del mundo tienen en Frida Kalho a un modelo. Nadie como ella para encarnar el donaire que tienen algunas de esas mujeres. Bigotuda, aindiada, eternamente coronada con arreglos florales, con sus eternos vestidos étnicos, de una fuerte personalidad y una conciencia sexual inédita para la época que le tocó vivir, la pintora mexicana es también la representación artística del dolor y el sufrimiento. Es un sentido objeto de culto para los mexicanos y ha traspasado las fronteras de su país. Madonna quedó tan prendada que incluso conversó con sus descendientes para conocer más detalles de una existencia tan traumática como luminosa.
Salma Hayek divulgó su obra por el mundo cuando en 2003 protagonizó Frida, un filme insípido, que apenas roza facetas comercialmente explotables de la vida de la artista: el accidente a bordo de un carro por puesto que la dejó confinada a la cárcel de una silla de ruedas, los desplantes de Diego Rivera, las dificultades para desarrollar su obra debido a los impedimentos físicos... Cuando vi hace cuatro años la película pude entender la furia de los argentinos con la versión pop de Evita que protagonizó Madonna a principios de la década de 1990. En el afán de sintetizar, Hollywood suele reducir a cenizas los verdaderos afanes de una existencia.
Ahora Carlos Dorado, el jefazo de la empresa Italcambio, que como buena parte del mundo la conoció a través del estereotipo que encarnó Salma Hayek, está encantado con Frida. Ha dicho que la vio por primera vez en el estampado de una franela de un empleado de sus empresas y que desde entonces no la perdió de vista. Poco después de ver la cinta contactó a los herederos y adquirió los derechos de explotación y comercialización del nombre. Algunas revistas como Gatopardo temen que Dorado, en el afán de llenarse de dinero, pervierta el legado de una artista que abrazó el comunismo.
No me consta que Dorado sea el típico ricachón ignorante. Me parece, en cambio, un pantallero. Cuando vivía en Venezuela le pidió al diario El Universal, de Caracas, que publicara sus artículos al revés, de tal forma que el lector debía voltear la página si quería entrarle a sus ideas, que generalmente remitían a las pavosas enseñanzas de sus antepasados gallegos. Quería dar la impresión de que con la conducción de Chávez el país estaba patas arriba. No concibo a un editor complaciendo semejante ridiculez, pero en este país se ve cada cosa...
Un ricachón como Dorado no es de suyo insensible a las satisfacciones del espíritu. Pero al conocer sus planes para mercadear a Frida como si fuera un desodorante no puedo sino alzar mi voz. Que quede claro que no me opongo al legítimo derecho que tiene cualquier empresario de forrarse en billete de la manera que crea más conveniente, pero no hasta el punto de convertir a Frida en un artículo pret a porter. Gracias a Dorado tendremos a Frida en zapatillas modelo Converse, en botellas de Tequila, en perfumes, prendas de vestir y toda clase de cremas para el cuerpo. Me pregunto si Frida hubiera querido verse promoviendo el capitalismo que siempre criticó. Me pregunto si estaría de acuerdo con que su cara apareciera en franelas usadas por mujeres imperturbables frente al drama de los que nada tienen. Me pregunto si ella, que fue la negación a conciencia de la belleza física, se estará revolviendo en su tumba.
Yo aquí insistiendo con mis estupideces. A la hora de ganar dinero poco importa la ética.