19 de octubre de 2006

El cielo para Inmaculada

Para María Carolina Saggese

Por estos días, hace dos años, andaba yo por Madrid con mi esposa Carolina y mi amigo Jesús. Como era nuestra primera vez en Europa, andábamos en una loca carrera por abarcar toda la belleza de la geografía española en los pocos días que teníamos. Una tarde fuimos a Córdoba, la hermosa capital de Occidente en el siglo XII, que resume como nadie el espíritu liberal del siglo XXI.
La primera noche que pasamos en esa ciudad dormimos en casa de Elvia, una simpática andaluza que había estado en nuestro matrimonio en Venezuela. Su madre, una rubia de ojos azules que simulaban una tranquila bahía, nos ofreció una estupenda cena a modo de bienvenida. Debe ser la comida más larga que he hecho en mi vida porque no podía levantarme de la mesa. Habíamos tragado como cosacos. Sólo quería dormir. Justo cuando nos disponíamos a dar las buenas noches, Elvia nos atajo. “Vamos a ver una película. Ha sido toda una sensación aquí en España”. Se llamaba Mar Adentro.
Había leído algo del director de la cinta, Alejandro Amenabar, a quien admiré desde que vi en Caracas Tesis, su perturbadora ópera prima sobre las snuff movies. Supuse entonces que si Amenabar estaba detrás de Mar Adentro la cosa prometía. No me equivoqué Las próximas dos horas transcurrieron en completo silencio. Nadie pudo apartar la vista de la tele hasta que, sobre un fondo de aguas furiosas, aparecieron los créditos.
He vuelto a recordar esa maravillosa película, que ganó un Oscar al mejor filme extranjero en 2005, luego de leer en El País de Madrid la triste historia de Inmaculada Echeverría, una mujer que, como Javier Bardem en la película, pide que le dejen morir con dignidad. Confinada en la cama de un hospital de Granada, Inmaculada "duerme poco, se siente cansada, le cuesta respirar y le duele todo el cuerpo. Pero asegura que mucho peor que todo eso es la soledad. Mi vida está llena de vacíos, de silencio. No puedo hablar con nadie, nadie me entiende", escribe el periodista Reyes Rincón. En su caso, dice, es peor la soledad que el dolor físico.
Enferma de distrofia muscular progresiva desde los 11 años, Inmaculada ha ido perdiendo movilidad y desde hace nueve vive conectada a un respirador. Ahora tiene 51. "La vida ya no tiene valor para mí. Estoy muy harta, no es justo vivir así", asegura. Ya los medios españoles comparan su caso con el de Ramón Sanpedro, el parapléjico gallego sobre el que se basa Mar Adentro, y el de Terri Schiavo, la estadounidense que tenía un daño cerebral irreversible. Ambos pidieron morir antes que vivir asidos a un respirador artificial.
Inmaculada no tiene familia. Sus padres murieron hace demasiados años y su único hermano se desentendió de ella. Ha vivido de hospital en hospital, y si no ha muerto de tristeza es porque ángeles como Federico Oloriz, el hombre que la acompañó en su comparecencia pública, arrimaron el hombro. Oloriz no espera nada. Le ha hecho saber a Inmaculada que está en desacuerdo con la eutanasia, pero sabe que sólo ella es capaz de comprender los tormentos de su existencia. Si pide que le retiren el respirador, la legislación la ampara. Pero ella no quiere ser espectadora de su propia muerte. "Yo quiero morir, pero sin dolor. Y me tienen que respetar porque es mi vida y no quiero que me la alargue", suplica.
Ya la derecha cristiana, los que comen ostias y cagan diablos, manifestaron su desacuerdo. Es muy fácil colocar en manos de Dios la hora de la muerte cuando el hombre se puede valer por sí mismo. Es una decisión difícil, qué duda cabe, pero en casos así hay que convertirse en Prometeo. Nadie te puede castigar por robarle el fuego a los dioses.